Revista crítica de historia de las relaciones laborales y de la política social


ISSN versión electrónica: 2173-0822
ISSN versión impresa: 2386-6039

Director: Manuel J. Peláez
Editor: Juan Carlos Martínez Coll


La nueva normalidad

Jorge HERNÁNDEZ MOLLAR

Libertades como la de pensamiento o expresión están siendo sutilmente cercenadas mediante la invasión, sin pudor alguno, del vasto campo de la información y la comunicación.
Decía Maquiavelo que “el pueblo engañado” por una falsa apariencia de bien, desea muchas veces su propia ruina y sí alguno en quien el pueblo tenga confianza no le persuade, demostrándoles que eso es un mal y donde está el auténtico bien, traerá sobre la república (monarquía) infinitos peligros y daños”.
A lo largo de estos “horribilis” meses de cruel epidemia que nos han azotado, nuestro gobierno socialcomunista ha tenido a bien obsequiarnos con un abanico de palabrejas que, como herramienta de tortura medieval, nos ha aplicado con pertinaz inquina a través de sus medios adictos y subvencionados.
Nuestras mentes han sufrido toda una avalancha de palabras, noticias, mensajes que nos han convulsionado inmisericordemente. Con expresiones como el confinamiento, las “desescaladas”, los picos, las mascarillas y hasta de momento la última del repertorio como es la “nueva normalidad”, hemos atravesado un agobiante desierto en la esperanza de una tierra prometida que todavía no terminamos de vislumbrar en el horizonte.
La generación de “alto riesgo” estamos percibiendo una especie de orfandad, de distanciamiento y de enclaustramiento social a la espera de nuestra particular parusía, viendo con profunda preocupación y tristeza cómo miles de personas conocidas o desconocidas, han partido ya hacia su última estación, sin poder ser consolados física o espiritualmente, ni despedirlos por sus familiares o amigos.
He de reconocer y confesar que esta cantinela de la “nueva normalidad”, además de despertarme serios temores, creo que oculta gato encerrado. Es evidente que con los antecedentes ideológicos de este gobierno podemizado, la ruptura de la normalidad democrática que ha supuesto la transición supone necesariamente la construcción de una nueva, que entierre los principios sobre los que nos hemos educado y formado en estos cuarenta y dos años.
El primero a considerar es el rechazo obsesivo de la educación religiosa y con especial inquina hacia los quienes profesamos la fe católica. Se está creando una corriente de cristianofobia que pretende confinar a Dios en los templos y en nuestros hogares y lo que es peor aún romper con todos los vínculos que han sostenido secularmente la civilización cristiano occidental: el matrimonio, la familia o incluso la sexualidad como un bien que enriquece y fortalece la relación entre un hombre y una mujer, para que, precisamente, entre otras de sus funciones, garantice el crecimiento biológico del género humano, hoy precisamente en serio peligro de recesión. Se evidencia que una de las señas de identidad de esta “nueva normalidad” está siendo la exaltación del individualismo, que reduce al hombre a un ser que solo recibe el impulso de sus propios instintos y emociones y que es soberano para definir su propia identidad. En definitiva, se trata de imponer la perversa dictadura de la ideología de género que gota a gota va calando en nuestra sociedad y en sus instituciones más apreciadas y queridas. Todo ello con un alarmante silencio e indiferencia de sus responsables.
El segundo principio a considerar es el entramado de derechos y libertades que los españoles nos reconocimos en la Constitución de 1978. Quien no perciba la aviesa circunstancial intención del directorio Sánchez/Iglesias para abrir un periodo constituyente, anunciado ya en sede parlamentaria por su Ministro de Justicia como “crisis constituyente”, es que o vive en Babia o prefiere permanecer agazapado para posteriormente subirse al carro de la “nueva normalidad”.
Detrás de la prostitución del lenguaje igualitario se esconde una revolución ideológica que pretende la revisión conceptual y terminológica de derechos como el de la vida para imponer la eutanasia y el aborto libre o el de la libertad ideológica para rechazar e incluso condenar a aquellas ideologías que se opongan o discrepen de las suyas.
Libertades como la de pensamiento o expresión están siendo sutilmente cercenadas mediante la invasión, sin pudor alguno del vasto campo de la información y comunicación. La televisión y los medios públicos son herramientas “orwellianas” que tienen por objetivo destruir el pensamiento que no sea el del “Hermano Mayor”. Por otra parte, las ayudas públicas millonarias con las que han regado los medios privados que presumen de libertad e independencia han conseguido domesticarlos, sirviendo más dócilmente al nuevo régimen.
Decía ese gran maestro de la radio que es Luis del Olmo que una de las satisfacciones más poderosas que se puede tener en un medio de comunicación era “decir su verdad”.
“Pero, razón de sobra tenemos para temer que la maldad destructora no tardará en acercarse a donde estamos, de la misma manera que sabemos por experiencia cuan grande e impetuosa es la fuerza debastadora de un incendio, o cuan terrible el contagio de una peste al extenderse” (Santo Tomás Moro).
Retomo el final de la primera parte de mis reflexiones sobre la “nueva normalidad” en relación con la libertad de expresión y pensamiento al hilo de un furibundo ataque del vicepresidente Iglesias contra el periodista Vicente Vallés, simple y llanamente por informar verazmente y relatar el turbio asunto judicial en el que se ve implicado por el “caso Dina”, amén de todas las falsedades que rodean al número de fallecidos o a la cruel tragedia de miles de ancianos muertos en residencias sin que el vicepresidente de asuntos sociales haya hecho el menor atisbo de sentirse concernido o implicado en la preocupación y dolor de tantas familias abatidas y desconsoladas por estos acontecimientos.
Vicente Vallés como otros muchos periodistas que le han mostrado su solidaridad están también inmersos en una etapa revolucionaria de la información y de la comunicación.
Los grupos de presión empresariales, la competencia de las redes sociales, la inmediatez de la noticia y la asfixiante presión del poder político les han convertido en objetos oscuros de deseo para ganarse su docilidad y servilismo.
La verdad y la libertad solo se puede defender desde la conciencia personal que, aunque hoy no esté de moda, es la que te dicta la diferencia entre la bondad o maldad de un acto y te ayuda a elegir uno u otro camino. Andrei Sajarov, ardiente defensor en su patria rusa de los derechos humanos y las libertades, se convirtió en acusador de un régimen que consiguió hundir a sus ciudadanos en la indolencia, la pasividad y el aburrimiento, lo que les arrastraba indefectiblemente a un empobrecimiento cultural e intelectual. Este convencimiento le llevaba a obedecer a la propia conciencia aun a costa de un desgaste y sufrimiento personal considerable.
Es indudable que, si continua este acoso y derribo de la izquierda comunista a los periodistas que desde su conciencia y honestidad solo sirven a la verdad mediante una información libre y rigurosa, nuestra democracia, una vez más, volverá a resentirse después de los últimos asaltos que el gobierno de Sánchez ha protagonizado a instituciones como la Abogacía del Estado, la Fiscalía o la propia Guardia Civil.
A la vista de estos últimos acontecimientos, a los que habría que añadir la vergonzosa y cobarde fuga que han protagonizado el presidente y el vicepresidente del gobierno para no asistir al funeral religioso en la Almudena por las víctimas de la pandemia es evidente que Sánchez e Iglesias han abierto en España una batalla ideológica de incalculables consecuencias. La izquierda socialcomunista avanza con determinación hacia un revisionismo histórico con el que pretende justificar la apertura de un nuevo periodo constituyente que ponga fin al sistema de monarquía parlamentaria.
Por otra parte, deberán ser erradicados de los centros educativos los fundamentos de nuestra sociedad que, al igual que la europea, se habían asentado sobre los principios y valores de la civilización cristiana y ser sustituidos por la nueva cultura individualista y libertaria que preconiza la ideología de género, el nuevo becerro de oro al que debe “someterse” la ciudadanía sumisa, pasiva e indolente de un Estado que intenta controlarla y protegerla desde su “nueva normalidad”.
Lo preocupante es que la desorientación manifiesta del centro derecha, su división y visión cortoplacista del poder, su negativa a plantear un verdadero debate de ideas a la izquierda les impide advertir que este profundo cambio al que nos arrastra el gobierno social comunista es ya una realidad y que con el auxilio del virus confinador, están consiguiendo bloquear nuestras mentes, distanciarnos socialmente y cercenar nuestras libertades.
Como bien señalaba Santo Tomás Moro, víctima también de su recta conciencia, debemos luchar unidos. No solo para que nuestra particular pandemia no se extienda, sino para que el incendio que está provocando esta izquierda totalitaria no arrase el frondoso bosque de una España que ya sufrió sus dramáticas consecuencias en un pasado no muy lejano, ¿debemos luchar unidos?
“Felipe VI al cerrar urgentemente este asalto contra la institución, con una declaración formal que ratifique la Monarquía parlamentaria como garante de nuestro sistema constitucional”.
“Trabajé siempre para mi patria poniendo voluntad, no incertidumbre; método no desorden; disciplina, no caos; constancia no improvisación; firmeza, no blandenguería; magnanimidad, no condescendencia”. Estas acertadas palabras del político, abogado y militar argentino del siglo XIX, Manuel Belgrano, resumen sin duda las cualidades que deben adornar a todo buen gobernante que se precie.
Desgraciadamente, ni la voluntad o certidumbre, el método, la disciplina, la firmeza, magnanimidad, son virtudes que hoy rodean a nuestro presidente del gobierno. Solo ha practicado con casi enfermiza tozudez, la constancia en ofender o despreciar a quienes no participan de su ateísmo militante y laicista o en derruir la sólida estructura de un Estado que desde hace más de cuarenta años ha generado tanta paz y desarrollo para los españoles.
Sin embargo, basta con repasar, aunque sea mentalmente, los vertiginosos meses pandémicos que sufrimos, para comprobar que es la incertidumbre, el desorden, el caos, la improvisación y la condescendecia lo que viene siendo habitual en la deriva política en la que naufragamos día sí y otro también. La incertidumbre y la improvisación en la que estamos instalados desde que el virus ha desarmado nuestra economía, nuestro bienestar y riqueza; el desorden y caos al que nos está arrastrando un gobierno manifiestamente incompetente y sectario o la condescendencia con el abuso de poder, el nepotismo y la arrogaqncia de algunos de sus miembros está sumiendo irremediablemente a España en una depresión social de incalculables consecuencias.
Los ataques a la Corona desde el casoplón de Galapagar, la real residencia del comunista Iglesias, están minando sagazmente, con la anuencia de Pedro Sánchez, la monarquía parlamentaria en la persona del Rey Juan Carlos. Felipe VI debe cerrar urgentemente este asalto contra la institución llevado a cabo por algunos, haciéndolo con una declaración formal que ratifique la Monarquía parlamentaria como garante de nuestro sistema constitucional, exigiendo al mismo tiempo la presunción de inocencia para su padre el Rey emérito y el respeto al Estado de Derecho. Por otra parte, se ha instalado en nuestra nación un desconcierto generalizado por el caos que se detecta en la gestión del gobierno ante una situación de grave crisis sanitaria como es la que padecemos desde el primer día del estado de alarma. Después de la desescalada nacional, el gobierno casi en pleno ha desaparecido como a perros que le quitan pulgas, unos porque no saben de qué ocuparse como los de consumo, cultura, universidades, ciencia e investigación (siguen en la luna) y otros como la pareja ministerial, Iglesias/Montero, que andan más ocupados en tapar las vergüenzas del caso Dina y en los reimplantes sexuales en el cerebro de los españoles. Ni les ha preocupado la tragedia de los miles de fallecidos en las residencias, ni tampoco las desigualdades sociales que ya están originando la parálisis empresarial y laboral que angustia a millones de ciudadanos.
España necesita con urgencia ser internada en la UCI para que la grave enfermedad que padece (no la del coronavirus precisamente) sea controlada las 24 horas del día hasta que, en un tiempo prudencial, pueda ser sometida a un tratamiento quirúrgico y posteriormente a un proceso rehabilitador. En estos momentos presenta síntomas de debilidad extrema en instituciones tan relevantes como la Corona, el Parlamento, el Gobierno y la propia Justicia. Decía Alexis Clérel de Tocqueville (1805-1859), magistrado en Versalles, diputado liberal y ministro de Asuntos Exteriores, político liberal francés, que “no hay grandes hombres sin virtud; sin respeto a los derechos no hay gran pueblo: casi se puede decir no hay sociedad”. Lo cierto es que en los últimos años nuestra sociedad no ha sido capaz de generar grandes hombres y grandes mujeres que lideren con confianza y eficacia una transición hacia una nueva etapa de nuestra historia y la de la humanidad.
Convendría, pues, plantear, algunas reflexiones sobre determinados aconteceres que hoy cuestionan la supervivencia del Estado en una sociedad que se evidencia mucho más global e interdependiente: ¿No hemos creado una España que hoy se manifiesta demasiado compleja en su estructura territorial? ¿Es útil la proliferación de tantas administraciones superpuestas, poco eficaces y que nos producen un sentimiento de desigualdad según residamos en una u otra parte del territorio? ¿No debería abrirse un debate sobre el Estado de las autonomías, la racionalización de las competencias, las del gobierno central y el resto de las administraciones, dado el enorme gasto público que originan y el elevado coste de su mantenimiento?

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Recibido el 13 de julio de 2020. Aceptado el 20 de julio de 2020




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